Hoy quiero ser Eguren y caminar.
Hoy que Barranco es neblina
con un poco de distrito
y mucho de ayer
que se filtra entre lo poco visible.
Quiero caminar con la niebla, entre mis pasos,
o con mis pasos, entre la niebla;
fumar un cigarrillo y espirar más niebla,
o más cigarrillo, quizá mejor más de los dos.
Quiero sentir ese friecito tibio ,
mientras soy yo el que se mueve lentamente
y es Barranco el que está ahí, quietecito,
como si lo hubiesen dejado intacto
un día, una tarde de neblina
allá por inicios del siglo veinte.
Pléyades de centauros pasaron por sus ojos; y Rita Amarga supo que sus ojos de bronce no volverían a abrirse de la misma manera.
Volvió
en sí, el cuerpo que hay que maquillar hoy día es conocido, entonces
recordó a su padre besando el cuerpo de su hermano tras haberlo vestido
para su cremación, beso con llanto, por cierto; entonces no se le
ocurrió más que repetir la escena: la besó.
Con la cremación se extinguieron también los sueños casi esquizofrénicos de Rita Amarga. Sueños, idilios, escapes...
Ella,
que supo alejarse tanto de su dolorosa realidad como para dedicarse al
mauillaje funerario, ella principita, ella ojos de bronce, ella se murió
la mitad.
La Sala quería ser más larga,
se sentía incomodísima. Nunca podía evitar el caos, las cantidades de
gente: las abuelas y su té, los jóvenes y el alcohol, los niños y sus
murales sin permiso, etc. Soñaba con ser estrecha, laaaaaaaaarga: un
pasadizo, un callejón, eso, eso es, un callejón. Por donde la gente solo
transitara, lo suficiente para no sentirse sola ni inservible, quizá
alguien hecho un punto jugando a las escondidas, por ahí alguna que otra
pareja apasionada en medio de la noche, y por qué no – cada buen
tiempo- al menos un asalto, para tenar alguna emoción.
Pero era
Sala, y Sala sería hasta su demolición o derrumbe. Alta, muy alta,
casona antigua, bonita, finales del siglo XIX, vivió el Barranco
balneario, las pulperías, un Martín Adán borracho por la madrugada en
pleno parque, malvisto. Ahora casona remodelada a comosepuedas,
divisiones, pieles sobre pieles de color, maderas heridas por años;
principia el siglo XXI, en la vista apenas se filtran minucias, casi
fantasmas, casi esquizofrénicas, de lo que alguna vez pudo saberse
existo.
Sala que vio toda clase de convenciones: conductas,
vestimenta, alimentación, música, humor, ignorancias, dogmas, gobiernos,
etc.
Sala que con tus adobes, cañas y barro te caíste y
levantaste de los grandes bailes de 1940, 1970 y 1974 – sin mencionar
tantas movidas menores – esperando que el buen tiempo no se borre, no
acabe.
Sentía tranquilidad cuando la dejaban vacía, pero
había días enteros en los que se quedaba sola y necesitaba compañía. La
única compañía que toleraba era la de algún solitario lector – lo cual
sucedía una vez cada nunca – y, por descarte, la de las abuelas tomando
té: compartían la misma melancolía.