Pléyades de centauros pasaron por sus ojos; y Rita Amarga supo que sus ojos de bronce no volverían a abrirse de la misma manera.
Volvió
en sí, el cuerpo que hay que maquillar hoy día es conocido, entonces
recordó a su padre besando el cuerpo de su hermano tras haberlo vestido
para su cremación, beso con llanto, por cierto; entonces no se le
ocurrió más que repetir la escena: la besó.
Con la cremación se extinguieron también los sueños casi esquizofrénicos de Rita Amarga. Sueños, idilios, escapes...
Ella,
que supo alejarse tanto de su dolorosa realidad como para dedicarse al
mauillaje funerario, ella principita, ella ojos de bronce, ella se murió
la mitad.
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