martes, 10 de junio de 2014

La Sala (2006)

La Sala quería ser más larga, se sentía incomodísima. Nunca podía evitar el caos, las cantidades de gente: las abuelas y su té, los jóvenes y el alcohol, los niños y sus murales sin permiso, etc. Soñaba con ser estrecha, laaaaaaaaarga: un pasadizo, un callejón, eso, eso es, un callejón. Por donde la gente solo transitara, lo suficiente para no sentirse sola ni inservible, quizá alguien hecho un punto jugando a las escondidas, por ahí alguna que otra pareja apasionada en medio de la noche, y por qué no – cada buen tiempo- al menos un asalto, para tenar alguna emoción.

Pero era Sala, y Sala sería hasta su demolición o derrumbe. Alta, muy alta, casona antigua, bonita, finales del siglo XIX, vivió el Barranco balneario, las pulperías, un Martín Adán borracho por la madrugada en pleno parque, malvisto. Ahora casona remodelada a comosepuedas, divisiones, pieles sobre pieles de color, maderas heridas por años; principia el siglo XXI, en la vista apenas se filtran minucias, casi fantasmas, casi esquizofrénicas, de lo que alguna vez pudo saberse existo.

Sala que vio toda clase de convenciones: conductas, vestimenta, alimentación, música, humor, ignorancias, dogmas, gobiernos, etc.

Sala que con tus adobes, cañas y barro te caíste y levantaste de los grandes bailes de 1940, 1970 y 1974 – sin mencionar tantas movidas menores – esperando que el buen tiempo no se borre, no acabe.


Sentía tranquilidad cuando la dejaban vacía, pero había días enteros en los que se quedaba sola y necesitaba compañía. La única compañía que toleraba era la de algún solitario lector – lo cual sucedía una vez cada nunca – y, por descarte, la de las abuelas tomando té: compartían la misma melancolía.

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