La Sala quería ser más larga,
se sentía incomodísima. Nunca podía evitar el caos, las cantidades de
gente: las abuelas y su té, los jóvenes y el alcohol, los niños y sus
murales sin permiso, etc. Soñaba con ser estrecha, laaaaaaaaarga: un
pasadizo, un callejón, eso, eso es, un callejón. Por donde la gente solo
transitara, lo suficiente para no sentirse sola ni inservible, quizá
alguien hecho un punto jugando a las escondidas, por ahí alguna que otra
pareja apasionada en medio de la noche, y por qué no – cada buen
tiempo- al menos un asalto, para tenar alguna emoción.
Pero era
Sala, y Sala sería hasta su demolición o derrumbe. Alta, muy alta,
casona antigua, bonita, finales del siglo XIX, vivió el Barranco
balneario, las pulperías, un Martín Adán borracho por la madrugada en
pleno parque, malvisto. Ahora casona remodelada a comosepuedas,
divisiones, pieles sobre pieles de color, maderas heridas por años;
principia el siglo XXI, en la vista apenas se filtran minucias, casi
fantasmas, casi esquizofrénicas, de lo que alguna vez pudo saberse
existo.
Sala que vio toda clase de convenciones: conductas,
vestimenta, alimentación, música, humor, ignorancias, dogmas, gobiernos,
etc.
Sala que con tus adobes, cañas y barro te caíste y
levantaste de los grandes bailes de 1940, 1970 y 1974 – sin mencionar
tantas movidas menores – esperando que el buen tiempo no se borre, no
acabe.
Sentía tranquilidad cuando la dejaban vacía, pero
había días enteros en los que se quedaba sola y necesitaba compañía. La
única compañía que toleraba era la de algún solitario lector – lo cual
sucedía una vez cada nunca – y, por descarte, la de las abuelas tomando
té: compartían la misma melancolía.
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