Peregrinos de la ciencia se alojan siempre -por momentos- en afirmaciones atractivas cual refugio para el ego intelectual. Incapacidad para colegir; menos para entender que la razón podría venir del otro, los otros. ¿Hasta cuándo dormirán? Andan en letargo, viven anestesiados por un cúmulo de información, que no es más que un grano de arena -lo que la ciencia sabe o ha demostrado- respecto del total de conocimientos que aún no se pueden develar.
Somos pequeños insectos, amputados, ciegos, al pie del Everest (o encima del fondo abisal) intentando sentirnos Atlas.
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